*Texto publicado en la columna "Bitácora del kamikase" del Suplemento Cultural Expresso del diario Correo de Guanajuato, el 22 de diciembre de 2007.
Quienes hemos estado en contacto con niños, como padres o como maestros, sabemos que una de sus peticiones más comunes es que les contemos un cuento. Mediante la narración, el niño se transporta al país de las hadas o al de los piratas; estas imágenes lo acompañan durante la mayor parte de la etapa del juego imaginario.
El niño siempre quiere más: las historias infantiles pueden ser infinitas. Estos personajes y estas aventuras serán referentes constantes de sus vidas. Es tarea de padres y educadores crear el nexo entre esas historias contadas a los niños y la posibilidad de que ellos mismos sean sus propios narradores a través de los libros. Es un hecho que en algún momento el niño en etapa escolar pierde el interés por los cuentos.
Quienes hemos estado en contacto con niños, como padres o como maestros, sabemos que una de sus peticiones más comunes es que les contemos un cuento. Mediante la narración, el niño se transporta al país de las hadas o al de los piratas; estas imágenes lo acompañan durante la mayor parte de la etapa del juego imaginario.
El niño siempre quiere más: las historias infantiles pueden ser infinitas. Estos personajes y estas aventuras serán referentes constantes de sus vidas. Es tarea de padres y educadores crear el nexo entre esas historias contadas a los niños y la posibilidad de que ellos mismos sean sus propios narradores a través de los libros. Es un hecho que en algún momento el niño en etapa escolar pierde el interés por los cuentos.
Esto ocurre por que la lectura
ha pasado de ser algo lúdico y de libre elección en convertirse en una más de
las obligaciones escolares. La selección de lecturas de los planes escolares
difícilmente logra que los alumnos se involucren en las historias o se
identifiquen con los personajes. Si la actividad no se goza es poco factible
que se convierta en un hábito. Es recomendable que el día a día de la vida
escolar incluya visitas a librerías y bibliotecas. Los niños deben ver al libro
como un juguete más. El libro como objeto de diversión, como aliado en las
tareas y como compañero en la cotidianidad.
En la medida en que esto ocurra
podremos garantizar que los jóvenes lectores, al paso de los años, conserven el
hábito de la lectura. Es necesario revisar los métodos con los que los docentes
inducen a los alumnos a leer. Tener más libros no garantiza la formación de más
lectores, por esto, se requiere redefinir la relación entre los educandos y las
bibliotecas de aula. Al parecer ni las historias ni el contexto de los títulos
de las lecturas incluídas en los planes escolares despiertan la afición lectora
entre nuestros niños. Las primeras aproximaciones a la lectura deberían ser
amigables con el lector, ya que no se puede dejar de lado el interés de los
niños.
¿Por qué consentimos que exista la diferencia entre aprender a leer y
aprender a bien leer, entre aprender a escribir y aprender a discernir? El
Estado debe crear un programa a largo plazo el cual necesariamente debe
comenzar por educar a niños, padres y maestros. Por ahí debería comenzar la
cadena: invirtiendo en educación, en un futuro mejor preparado para entender,
apreciar, disfrutar y, por qué no, crear obras literarias. Contrario a lo que
se piensa, la inversión por parte del Estado en materia de educación no es poca
cosa. México es el país de América latina que más recursos invierte en
educación per cápita; sin embargo, los resultados no han sido los esperados y
por ello se aprecia como si estos recursos no fueran los suficientes. En algún
punto del proceso educativo se está fallando, por falta de capacitación,
negligencia, e incluso, por razones políticas.
Por eso, la insistencia en un
programa que contemple la manera de enseñar a los niños a disfrutar de la
literatura. En Europa y Estados Unidos las bibliotecas están llenas de niños.
¿No podemos hacer nosotros que pidan ir a la biblioteca a escoger lo que
quieren leer? Estoy convencido de que si preparamos a fondo a los niños, de que
si damos a los maestros las armas para que puedan transmitir el placer que
brinda la lectura, la oferta, que es desbordante, tendría su demanda completa.



























