Una visión
del tiempo en función de lo psicológico sería: sin alma humana, no hay tiempo.
Así, inducido a considerar la existencia de dos maneras de tiempo, reflexiono:
La ley del tiempo como cambio o mutación, y la del tiempo como medida. En la
primera, la conciencia del hombre se enajena, mientras que en la segunda
aumenta la agudeza de su inteligencia. La ley del tiempo como cambio, impide
poner límite a cada uno de sus elementos.
Reconozcamos
que la afirmación no sería exacta y que no debemos creer que el movimiento y el
accidente resulten necesarios a la temporalidad. La medida objetiva del tiempo
es independiente de lo que ponemos en ella. Hay horas y minutos que el hombre
cuenta con un reloj en la mano, impaciente, y, por lo tanto, con un contenido
de conciencia cifrado en una sucesión de instantes como el movimiento del
reloj. Se da en ocasiones una disposición en que el contenido de la conciencia
es sucesivo dentro de una medida aproximadamente simultánea, es tal en la
curiosa sensación que los psicólogos llaman “de ya vivido” o déja vu.
Así ocurre
en nuestros sueños, cuyo desarrollo parece haber tenido efecto durante una
noche entera, cuando en realidad se produce en el momento en que el durmiente
va a despertarse y que las primeras impresiones de los sentidos empiezan a
operar en él.
Ante la
imposibilidad de haber un experimento científico y con la idea de que “nosotros
hacemos el tiempo”, se ha llevado al tiempo a los terrenos de la psicología.
Así, la naturaleza fundamental de nuestra vida psíquica se refiere a nuestra
conciencia.
La noción
del tiempo se adquiere con el mismo paso de éste. Es decir, no es que nazcamos
con esa facultad sino que se va desarrollando desde los primeros años de vida,
ya que en la etapa prenatal no se tiene conciencia del yo, mucho menos del
medio que le rodea. La maduración de este sentido se efectúa por un proceso
psicológico, por la puesta en marcha de grandes sistemas funcionales, gracias a
mecanismos de aprendizaje, bajo la influencia de estímulos y de la educación de
circuitos funcionales cada vez más complejos, gracias también a un mecanismo, o
más bien, a un estado afectivo que crea el placer o el interés por la acción en
el medio.
Hay toda una
gama de estímulos psicológicos y sociales que revelan, orientan y organizan los
grandes sistemas funcionales para la adquisición de la temporalidad. La
psicología también contempla la existencia del inconsciente, el cual influye
determinantemente en el desarrollo de este sentido. Sin embargo, el hombre aún
no explica como funcionan esas capacidades; la memoria, la imaginación y el
razonamiento son aspectos que explican, de alguna forma, que la región
consciente necesita de “un tiempo que fluye”, desde el pasado hacia el futuro.
Tiempo
vivido o tiempo soñado (y no hay propiamente aquí una disyuntiva por que si
tal vez “la vida es sueño”, resulta indiscutible que “el sueño es vida”) nos
parece más que suficiente para explicarlo. Lo vivido es fuente de
enriquecimiento. La adquisición de la temporalidad en un recién nacido se basa
principalmente en las necesidades periódicas que tiene. Es evidente que existe
un límite en la posibilidad de estimulación del niño, límite determinado por la afectividad.
Entre el primer y segundo año es cuando se presenta esta peculiaridad,
constituida por la reacción de angustia que el niño presenta a la ausencia de
la madre y la presencia de un primer esbozo de identidad (de noción del yo).
Como lo que
nos ocupa es la formación y el funcionamiento de la conciencia temporal,
debemos reconocer que ésta es algo íntimamente vivido por nosotros mismos.
Mientras el tiempo objetivo puede ser representado como un punto que camina en
una dirección, el tiempo psíquico es intuido como un ámbito presente. El punto
del tiempo que objetivamente dejó de existir sigue en cambio, viviendo en
nuestra mente. En él también entran muchos momentos del pasado, a través de los
recuerdos y otros del futuro, bajo la forma de previsiones, anticipaciones y
esperanzas.
El tiempo
entendido como evolución presenta la característica de irreversible. Aquí
fracasa el paralelismo entre espacio y tiempo. Mientras que el espacio es
reversible en cualquier punto, el tiempo es irreversible y lo que se ha ido con
él no tiene vuelta. La sucesión implicada en la noción del tiempo es algo que
representa una serie de eliminaciones, un incesante paso del ser al no ser.
Cada punto del espacio permanece al lado del contiguo. Cada instante del tiempo
se destruye cuando el siguiente instante aparece. Aparentemente, no es sólo que
el tiempo aniquile las cosas sino que se aniquila a sí mismo.
Aquí nos
toca detenernos ante la consideración de que la realidad de la muerte
condiciona la realidad misma del tiempo y postula, en el tiempo, la presencia
necesaria de una dirección. Por ello, una de las dos únicas maneras que han
tenido los hombre de escapar a la desesperación que esa mezcla no interrumpida
de la muerte en cada uno de los momentos les impone, ha sido la de imaginar
unos ciclos en la existencia universal, al término de cada uno de los cuales
todo vuelva a verse restablecido como el primer día (aquél “Año perfecto” de
Platón, Nietzche y su “Eterno recomenzar”).
El contar
por épocas, por edades y períodos, a los cuales se asigna una fecha tope de
principio y fin, son dejados en el aspecto solo relativo de precisión. Pero al
margen de conceptos científicos, filosóficos y psicológicos, otra definición
resulta mucho más simple y clara: el tiempo es el medio que emplea la
naturaleza para evitar que todas las cosas sucedan a la vez.


































