miércoles, 4 de noviembre de 2015

Energía vital en equilibrio: La vida, el tiempo y la muerte 3ª Parte

Todas las cosas tienen su tempo, su ritmo vital. Inclinados a proyectar sobre lo que nos rodea nuestro propio mundo, medimos la existencia de los otros seres por años, por días o por horas. Pero ¿qué significado tiene el tiempo para esos seres?

Una visión del tiempo en función de lo psicológico sería: sin alma humana, no hay tiempo. Así, inducido a considerar la existencia de dos maneras de tiempo, reflexiono: La ley del tiempo como cambio o mutación, y la del tiempo como medida. En la primera, la conciencia del hombre se enajena, mientras que en la segunda aumenta la agudeza de su inteligencia. La ley del tiempo como cambio, impide poner límite a cada uno de sus elementos.

Reconozcamos que la afirmación no sería exacta y que no debemos creer que el movimiento y el accidente resulten necesarios a la temporalidad. La medida objetiva del tiempo es independiente de lo que ponemos en ella. Hay horas y minutos que el hombre cuenta con un reloj en la mano, impaciente, y, por lo tanto, con un contenido de conciencia cifrado en una sucesión de instantes como el movimiento del reloj. Se da en ocasiones una disposición en que el contenido de la conciencia es sucesivo dentro de una medida aproximadamente simultánea, es tal en la curiosa sensación que los psicólogos llaman “de ya vivido” o déja vu.

Así ocurre en nuestros sueños, cuyo desarrollo parece haber tenido efecto durante una noche entera, cuando en realidad se produce en el momento en que el durmiente va a despertarse y que las primeras impresiones de los sentidos empiezan a operar en él.

Ante la imposibilidad de haber un experimento científico y con la idea de que “nosotros hacemos el tiempo”, se ha llevado al tiempo a los terrenos de la psicología. Así, la naturaleza fundamental de nuestra vida psíquica se refiere a nuestra conciencia.

La noción del tiempo se adquiere con el mismo paso de éste. Es decir, no es que nazcamos con esa facultad sino que se va desarrollando desde los primeros años de vida, ya que en la etapa prenatal no se tiene conciencia del yo, mucho menos del medio que le rodea. La maduración de este sentido se efectúa por un proceso psicológico, por la puesta en marcha de grandes sistemas funcionales, gracias a mecanismos de aprendizaje, bajo la influencia de estímulos y de la educación de circuitos funcionales cada vez más complejos, gracias también a un mecanismo, o más bien, a un estado afectivo que crea el placer o el interés por la acción en el medio.

Hay toda una gama de estímulos psicológicos y sociales que revelan, orientan y organizan los grandes sistemas funcionales para la adquisición de la temporalidad. La psicología también contempla la existencia del inconsciente, el cual influye determinantemente en el desarrollo de este sentido. Sin embargo, el hombre aún no explica como funcionan esas capacidades; la memoria, la imaginación y el razonamiento son aspectos que explican, de alguna forma, que la región consciente necesita de “un tiempo que fluye”, desde el pasado hacia el futuro.
Tiempo vivido o tiempo soñado (y no hay propiamente aquí una disyuntiva por que si tal vez “la vida es sueño”, resulta indiscutible que “el sueño es vida”) nos parece más que suficiente para explicarlo. Lo vivido es fuente de enriquecimiento. La adquisición de la temporalidad en un recién nacido se basa principalmente en las necesidades periódicas que tiene. Es evidente que existe un límite en la posibilidad de estimulación del niño, límite determinado por la afectividad. Entre el primer y segundo año es cuando se presenta esta peculiaridad, constituida por la reacción de angustia que el niño presenta a la ausencia de la madre y la presencia de un primer esbozo de identidad (de noción del yo).

Como lo que nos ocupa es la formación y el funcionamiento de la conciencia temporal, debemos reconocer que ésta es algo íntimamente vivido por nosotros mismos. Mientras el tiempo objetivo puede ser representado como un punto que camina en una dirección, el tiempo psíquico es intuido como un ámbito presente. El punto del tiempo que objetivamente dejó de existir sigue en cambio, viviendo en nuestra mente. En él también entran muchos momentos del pasado, a través de los recuerdos y otros del futuro, bajo la forma de previsiones, anticipaciones y esperanzas.

El tiempo entendido como evolución presenta la característica de irreversible. Aquí fracasa el paralelismo entre espacio y tiempo. Mientras que el espacio es reversible en cualquier punto, el tiempo es irreversible y lo que se ha ido con él no tiene vuelta. La sucesión implicada en la noción del tiempo es algo que representa una serie de eliminaciones, un incesante paso del ser al no ser. Cada punto del espacio permanece al lado del contiguo. Cada instante del tiempo se destruye cuando el siguiente instante aparece. Aparentemente, no es sólo que el tiempo aniquile las cosas sino que se aniquila a sí mismo.

Aquí nos toca detenernos ante la consideración de que la realidad de la muerte condiciona la realidad misma del tiempo y postula, en el tiempo, la presencia necesaria de una dirección. Por ello, una de las dos únicas maneras que han tenido los hombre de escapar a la desesperación que esa mezcla no interrumpida de la muerte en cada uno de los momentos les impone, ha sido la de imaginar unos ciclos en la existencia universal, al término de cada uno de los cuales todo vuelva a verse restablecido como el primer día (aquél “Año perfecto” de Platón, Nietzche y su “Eterno recomenzar”).


El contar por épocas, por edades y períodos, a los cuales se asigna una fecha tope de principio y fin, son dejados en el aspecto solo relativo de precisión. Pero al margen de conceptos científicos, filosóficos y psicológicos, otra definición resulta mucho más simple y clara: el tiempo es el medio que emplea la naturaleza para evitar que todas las cosas sucedan a la vez.

sábado, 31 de octubre de 2015

Energía vital en equilibrio: La vida, el tiempo y la muerte 2ª Parte

Los seres humanos tenemos un sentido de la historia. Enfrentamos así el presente, nos preguntamos sobre nuestros orígenes y pasado, y tratamos de predecir el futuro. Somos producto de la evolución: lo último en juegos de azar. Ganar un juego significa seguir participando en otros; hablando biológicamente, los ganadores perpetúan su especie y los perdedores están condenados a la extinción. Es total y no hay segunda oportunidad. Los seres humanos estamos conscientes de nuestra participación en el juego, porque sabemos lo que constituye el éxito.

Los seres humanos, la especie dominante del planeta Tierra, pueden cambiar el curso de los ríos, construir montañas con escombros, crear máquinas que piensan, dividir el átomo y viajar por el espacio. Seguramente no hay nada más impresionante en este planeta que nuestra capacidad para pensar creativamente. Sin embargo, el hombre no tiene una idea precisa de cómo funcionan las facultades mentales que poseemos. Nuestra capacidad para pensar y hablar, atributos que participan, en gran parte, en nuestra conducta cotidiana e histórica (esto es, en la cultura) se desarrollan en un nivel de complejidad exclusivo nuestro. Ciertamente quizá la mayor parte de nuestras tendencias evolutivas importantes sean culturales.

Desgraciadamente, el entendimiento del hombre no cubre los aspectos más intrínsecos de las facultades mentales y solo se concreta a especular sobre sus orígenes o la forma en que obtuvo esas facultades que, ciertamente, no aparecieron por arte de magia, sino que son producto de la evolución.

Al observar los diversos movimientos rítmicos existentes en la naturaleza, en los demás seres vivos y en nosotros mismos, se une la idea del tiempo con la de un número, y así la duración de las cosas pudo fijarse en una serie de cifras que permiten distinguir las diferentes épocas en que los acontecimientos se producen.

Así lo vieron las civilizaciones de la antigüedad e hicieron de esta visión cíclica una forma de vida. Relacionaron estas tendencias de la naturaleza con lo divino y lo cósmico, y lo transformaron en calendarios lunisolares, inclusive su arquitectura se diseñó en base a las manifestaciones de los astros. Los mitos fueron expresiones del tiempo mismo y los rituales eran repeticiones de acciones divinas. Este tipo de tiempo lo consideraban como tiempo del cosmos y era repetible indefinidamente. Un segundo tipo de tiempo era el de la duración que no era sagrado, el de todos los días, que carecía de trascendencia.

Dentro de la tradición occidental el tiempo es visto como “la duración del mundo”, como “la formación de la conciencia”, como “una ley de los fenómenos” y como “la duración consciente”, según la teoría de Bergson que adorna al tiempo como evolución con el elogio de “creatriz”.

Heráclito, sin duda, se equivocaba cuando, traduciendo a la vez la experiencia vulgar y la ciencia experimental nos advertía de que “no nos bañamos dos veces en el mismo río”. Ya en nuestra era, San Agustín y Kant destacan el nexo entre el tiempo y la conciencia, el recuerdo y la esperanza, que llevaron al no-ser de lo pasado y de lo futuro a la esfera de la realidad; el ente toma la forma de la temporalidad al convertirse al ser consciente.

El realismo de Nietzche es la teoría de la apariencia del tiempo. Pero la idea de la realidad del tiempo no fue exclusiva de Nietzche, sino que aparece por doquier. En su forma más clara, se encuentra en Bergson, quien tiene como tema fundamental la realidad del tiempo. Pero también en la filosofía existencial de Heidegger se presenta ésta tendencia.

Newton, por su parte, quiere algo más que describir: tiende a explicar por causas, y ésta explicación salva la parte de verdad que hay en la matematización de la materia. Las discusiones entre la concepción absolutista y relativista del tiempo y del espacio son conducidas con aspereza. Es natural que algunos autores intentaran armonizar las tesis de Newton y de Leibniz acerca del tiempo y del espacio.

Al tratar de encerrar en un concepto la esencia del fenómeno que llamamos tiempo, el hombre se ha enfrascado, entre otras cosas, en definir si éste es un elemento relativo o absoluto. La noción de que el tiempo era absoluto, fue abolida por Einstein en 1905, al pronunciar su teoría espacial de la relatividad. Para Einstein, “el tiempo depende de la rapidez con que uno está viajando”. Según él, “son los eventos los que determinan cuanto más rápido pasa el tiempo, y no a la inversa, como tradicionalmente se había creído”.

Los sucesores de Einstein opinan que “no es el tiempo, sino la velocidad de la luz (299,792 km/seg, en el vacío) lo único absoluto”. Otras opiniones explican que “el tiempo es un instrumento de medida, no un fluido constante o una sustancia”. Consideran que “sin evento no hay tiempo”, lo que significa que él mismo es un efecto secundario de la naturaleza, no una característica fundamental.

Como dijo Lucrecio hace más de 2000 años, “el tiempo no existe por sí mismo. El tiempo no puede concebirse separado del movimiento y de la continua sucesión de los hechos”. Desde un punto de vista humano, resulta tan difícil comprender lo que pueden ser mil millones de años o una millonésima de segundo. Son conceptos puramente matemáticos, pero inimaginables.

El tiempo pasa y desaparece, pero “sería posible caminar hacia atrás en el tiempo”. Teóricamente, sí: viajando a mayor velocidad de la luz. Para ello bastaría situarse en un punto del universo a donde llega en este momento la luz procedente de la Tierra y que salió de ella hace siglos.

No obstante, aunque no sea posible superar la velocidad de la luz, en la naturaleza existe una indicación infalible que proporciona un criterio para distinguir el pasado del porvenir. Esta indicación es el concepto de entropía, que deriva del segundo principio de la termodinámica, el cual limita la facultad de la transformación de la energía.


Así, pues, el tiempo inventado por el hombre, solo puede subsistir entre dos límites bastante restringidos de la entropía. El primero se inició hace millones de años y permitió el desarrollo de la vida de los seres racionales, despertando en su mentalidad la idea del tiempo, y el último se alcanzará fatalmente cuando la entropía adquiera un valor tal que haga imposible la continuación de su existencia.

lunes, 26 de octubre de 2015

Energía vital en equilibrio: La vida, el tiempo y la muerte 1ª parte

El objeto de la biología es la vida. El tiempo es una de las dos dimensiones básicas del universo (la otra es el espacio). En algún momento de nuestra experiencia la mayoría de nosotros nos hemos encontrado con estos conceptos.

Pero ¿qué es la vida? ¿qué es el tiempo? Es necesario desarrollar alguna noción de lo que es la vida, el tiempo y la muerte. En este proceso encontramos que ésta no es tarea fácil y que ninguna definición es del todo satisfactoria, sin embargo, podemos intentarlo.

Para la mayoría es más fácil reconocer la vida que definirla. Tenemos conciencia de que estamos vivos y algún día moriremos. Es importante reconocer que la vida no es una cosa o una sustancia. La vida es una propiedad que poseen los individuos y se caracteriza por la capacidad de efectuar diversos procesos sumamente organizados que interactúan entre sí y ocurren dentro de un marco estructural definido.

Así, la vida, tal y como se ha definido, presupone una serie de procesos que forman un sistema potencialmente capaz de un cambio perpetuo.

Definir y describir la vida en estos términos mecanicistas evita el misterio y descarta el concepto de la existencia de una fuerza vitalista. La razón para evitar este tipo de ideas es que éstas impiden un examen científico de la vida.
La investigación moderna nos ha hecho considerar que la vida es resultado de una complicada evolución que duró centenares de millones de años. Tal evolución solo pudo darse bajo condiciones ambientales muy distintas a las que hoy existen sobre la Tierra (otra atmósfera, temperatura mucho más alta, etc.).

La relación de la energía con el proceso de la vida es el fundamento de la teoría mecanicista, ya que implica a la termodinámica en sus procesos y en su origen al flujo de energía solar.

Como los sistemas vivos están sumamente organizados, para conservar este orden el sistema debe ser alimentado con energía. Cuando una célula viva ya no puede obtener, liberar y usar energía, está muerta. Sin embargo, ninguna máquina o sistema vivo puede producir energía a partir de nada; solo puede transformarla de una forma a otra.

La primera ley de la termodinámica, con frecuencia llamada Ley de la conservación de la energía, establece que cuando la energía se transforma, no se gana ni se pierde ninguna energía. En otras palabras, la energía total del universo permanece constante: no se destruye, solo se transforma.

La segunda ley determina que durante la transformación de energía la cantidad de ésta se reduce y no puede disponerse de una parte de esa energía para realizar un trabajo. Dicho de otra forma, la entropía aumenta. La entropía es un estado desorganizado de la energía, ineficiente para efectuar un trabajo. La conversión de una forma de energía en otra, nunca es 100% eficiente y parte de la energía se libera en una forma inutilizable.

Un organismo vivo es un sistema termodinámico abierto, esto es, hay un constante flujo de energía y materia entre él y el ambiente, un flujo en equilibrio dinámico, lo que suele denominarse estado estacionario. El estado estacionario no se refiere a un estado estático o inmutable, sino a valores que fluctúan ligeramente en torno de un promedio. La conservación del promedio comprende la regulación de entrada y salida, de modo que haya poco o ningún cambio neto. Podemos considerarnos como en una rueda de molino que se mueve continuamente. Para sobrevivir, debemos conservar una posición de equilibrio sobre la rueda de molino, de modo que parezca inmóvil. Tal apariencia de estabilidad (que es la conservación del estado estacionario) solo es posible mediante la adquisición continua de materia y energía. Esto se logra porque la actividad de la rueda está equilibrada por la del organismo: un movimiento hacia a atrás está equilibrado por uno hacia adelante.

Sin embargo, al alejarse del equilibrio surgen las crisis, las cuales han sido estudiadas por la física. Ésta nos hace conocer ese cambio y peligro para explicarnos que los sistemas biológicos están alejadísimos de los equilibrios. El estado estacionario se refiere a sistemas intermedios que son obligados a funcionar continuamente. En las crisis no sucede “cualquier cosa”, sino que son las formadoras de nuevas estructuras, que funcionan de una forma distinta.

Toda la complejidad biológica es producto del Sol. La luz solar es la fuente de la vida. La Tierra recibe continuamente su energía, y lo seguirá haciendo por un período casi infinito. Unas pocas horas de luz solar cada día constituye toda la distancia que media entre la vida y la muerte. Representó la principal fuente de energía en la Tierra primitiva para que se desarrollaran los procesos que dieron origen a la vida y su desarrollo determina un mecanismo preciso para la herencia y el cambio.

Nuestros propios orígenes están en la línea exitosa de la evolución. Puesto que el tiempo es el héroe de esta historia, hubo, sin duda alguna, bastantes oportunidades de que ocurrieran varias interacciones.

Los sistemas vivos se caracterizan por un elevado grado de organización. Haciendo una pirámide para mostrar los niveles jerárquicos en que está organizada la vida, la base estaría constituida por las reacciones químicas, seguidas de las enzimas y las células las cuales conjugan los demás niveles hasta llegar al mental. Es más fácil comprender el concepto de niveles jerárquicos, comparando los organismos con los edificios: las habitaciones son análogas a los niveles de un organismo. Tanto las habitaciones como los niveles tienen límites, con salidas y entradas. Cada una tiene su uso, su función o especialidad particular. Existen leyes que rigen el funcionamiento  de los organismos que tienen como base sus límites, las cuales forman “conjuntos de restricciones coherentes”.


La vida tiene una base estructural y funcional común. Sin embargo, hay otro aspecto en la vida: la diversidad. Cada organismo vivo es distinto y separado de cualquier otro y aquí también se presentan los niveles jerárquicos.
No se necesitan muchos estudios científicos para reconocer que los seres humanos representamos únicamente una fracción del enorme conjunto de animales vivos sobre la Tierra. Ciertos aspectos nos colocan aparte de otros seres. El aumento de inteligencia ha sido de valor adaptativo para nuestra supervivencia dentro de un mundo cambiante y esta capacidad nos ha llevado a entender que la evolución acelera las estructuras, los procesos y las crisis, que el tiempo fluye y que todo esto desemboca en la muerte.

martes, 19 de mayo de 2015

La música como elogio a la medianía

 *Texto publicado en la columna "Bitácora del kamikase" del Suplemento Cultural Expresso del Diario El Correo de Guanajuato, el 31 de mayo de 2008.

La música siempre ha ido de la mano del hombre. Siempre lo ha acompañado en sus momentos tristes y también en los alegres. La respuesta más común de las personas cuando se les pregunta ¿qué haces en tu tiempo libre? es “escucho música”.

La música es una terapia que se necesita. Cuando alguien aguarda, la espera es menos cansada con música. Es imposible dejar de escuchar música en el mundo actual. Nos rodea, nos sitia, nos asalta, nos irrita, nos calma.

La música la encontramos en todas partes: el camión, el auto, la calle, las tiendas, las oficinas, los supermercados, las casas. No hay ni un solo lugar donde no se escuche música. Esto puede ser una fortuna y una desgracia terrible. Es una fortuna porque gracias a la abundancia de música grabada que está disponible en tiendas y en Internet, podemos escuchar y conocer música que en otro tiempo sería simplemente inaccesible. Y puede resultar una desgracia porque mucha música que escuchamos es simplemente insoportable. La cantidad no necesariamente nos sugiere calidad.

Puede tratarse simplemente de un conflicto de género musical. Sin embargo, considero que se ha dejado de educar musicalmente a la juventud, tarea que ha asumido por completo las estaciones de radio que no ejercen crítica sobre lo que programan y no dan cabida al discernimiento entre lo bueno y la bazofia, y ésta es la que abunda, y cualquiera nos puede agredir con ella durante horas con solo encender el aparato.

¿Se puede ser tan prejuicioso en este sentido? ¿Habrá realmente una música que valga la pena? Durante mi adolescencia fui alimentado de rock y pop (buen pop, se entiende), cuando estos géneros dominaban las listas de popularidad. Posteriormente fui descubriendo otros géneros igual de trascendentes: el lounge, el jazz, el tecno, el bossa nova, la música clásica. La mayoría de estos géneros se encuentran actualmente en un letargo si no creativo, sí de difusión. Los prejuicios aparecen con los géneros que ocupan hoy un lugar preponderante en la preferencia de las mayorías: el reggaeton y la música grupera en todas su variantes. Y es un prejuicio a grado tal que he llegado a pensar que todo lo que suene a estos ritmos es simplemente deleznable, un paso atrás en el desarrollo musical: no hemos evolucionado miles de años para que solo lleguemos a esto.

Anteriormente se creaba música desde la periferia, desde el rechazo, con un espíritu crítico, intenso, desde la lateralidad que radicaliza la diferencia, y en su persistencia se convierte en propuesta por su anti-complacencia.

Los cantantes ahora —jóvenes necesitados de fama— lo que buscan es ser aceptados. No desean ser mal vistos. Lo realmente sobresaliente aparece en individuos rechazados y su propuesta, por consiguiente, enriquece a la cultura por su disimilitud. Hoy se crea para agraciar al mercado, revistas, ratings, fans.

El acabóse lo encontramos en los reality-shows: seudo-artistas que le lloran a seudo-jueces, que les agradecen sus burlas, que le ruegan a la cámara y a un telepúblico votante. Todo en pos de ser aceptados. Nada novedoso ni valioso puede salir de ahí. No están buscando ser distintos.

Todos los creadores producen, conscientemente o no, para ser aceptados. Sin embargo, es lo peor que les puede pasar, porque ya no hay necesidad de seguir produciendo. Se mueren de aplausos.
Todo esto deviene en mediocridad. Son cantos que hacen apología a la medianía. Todo lo que anhela ser aceptado es inexpresivo, es vil. Vivimos, en pocas palabras, la rampante banalización de la música en todas sus formas.

El rock ha dejado de ser lo que antes era. De subversivo, de trasgresor de conciencias, de símbolo de libertad, ya no ha quedado ni pizca. Y esto es a nivel mundial. En México aún sufrimos las secuelas de la represión que hubo por parte del Estado en los 70’s en contra de las manifestaciones que se estaban gestando en torno al rock. En consecuencia, nuestros padres fueron invadidos, saturados por baladistas insufribles.

El pop se ha convertido en un producto ultra-light, complaciente con los mass-media. No hay innovación y por ello se sigue reciclando la música de décadas anteriores. Parece como si estuviéramos viviendo en los 80’s, por el resurgimiento de artistas y de la música de esa década, una década de gran producción musical, que sirvió como cortina de humo y paliativo ante los grandes problemas sociales que se vivían en esa época. Fregados pero entretenidos.

Hoy en día, sólo en las estaciones de radio públicas y en contadas de las llamadas "comerciales" se pueden encontrar apuestas y propuestas musicales, alternativas, verdaderos oasis en medio de tanta banalidad, donde con libertad se ejerce el análisis basados en la historia musical contemporánea. Dentro de las estaciones "comerciales" se pueden mencionar a la cadena RMX y a Éxtasis Digital como ejemplos. Lo mismo pasa con los canales de televisión especializados en videos, y lo más destacable se puede encontrar en la televisión pública, específicamente en Canal Once del Politécnico y TV4 de Guanajuato.
 
Hay buena música en todas partes. Lo que se debe enseñar a los niños y jóvenes es a encontrarla, a discernir, a explorar en otros ritmos y no conformarse con lo que programan las estaciones y lo canales de videos. Hay que fomentar la difusión de música aventurada, ya que considero que la música tiene un impacto social y por ende estaríamos evitando el estancamiento de la sociedad que padecemos.

La música posee un valor cultural inconmensurable, por lo que no puede considerarse solamente entretenimiento, sino que representa un valor que nos identifica, y crea en nosotros conciencia, sentido de pertenencia y singularidad, lo cual se puede lograr a través de una sensibilidad que se oponga a la hegemonía, por medio de una distinta alegría o un dolor peculiar. Simplemente persistir en lo distinto y en lo valioso.

jueves, 23 de abril de 2015

Los libros como iPods

*Texto publicado en la columna "Bitácora del kamikase" del Suplemento Cultural Expresso del Diario El Correo de Guanajuato, Gto., el 16 de Febrero de 2008.


Stefan Zweig, el gran escritor austriaco, describía a los libros como “pequeñísimos trozos de lo infinito (...) vuestra palabra nos eleva, como un vehículo fogoso, desde la nada a la eternidad”.

Y agrega el autor: “¡Compañeros fieles, silenciosos: cómo agradeceros vuestra perpetua compañía, el eterno aliento e infinito estímulo de vuestra presencia! (...) En todas partes, siempre despiertos, habéis procurado sueños al hombre y un poco de consuelo y serenidad en la inquietud y el martirio.

“Siempre, clementes imanes de Dios, habéis conseguido elevar el alma, cuando se hallaba sepultada en la banalidad, hasta su propio elemento; siempre en nuestra noche, nos habéis abierto, en lejanía, el cielo interno”.

Es evidente el amor y el fervor que Stefan Zweig poseía por los libros, casi el mismo que los jóvenes poseen por su iPod o reproductor de MP3, quienes se distinguen en ser diestros en el uso de gadgets, en ellos es natural la exploración del ciberespacio, pero a cambio, presentan un pronunciado déficit de expresión oral.  Les es suficiente con estar enchufados directamente a sus reproductores y audífonos para sentirse distintos y únicos. ¡Qué sería de los jóvenes sin su iPod! Es la constante búsqueda de la singularidad a la que los orilla la sociedad.

El libro, por su parte, ha sobrevivido al cine, a la televisión, al video y a los medios de comunicación y entretenimiento electrónicos. Desde hace más de quince años se ha difundido en diversos medios varios informes que denotan la preocupación sobre el futuro del libro. Si ha sobrevivido a los medios audiovisuales ¿por qué no habrá de hacerlo al a lo digital?

Pongamos algunos mitos acerca del libro bajo la lupa:

Mito # 1. Los jóvenes no leen.
Falso: La población más joven es el segmento demográfico que lee más libros por año, según las encuestas del CONACULTA y la SEP.

Mito # 2. Existe una desproporción entre los espacios de exhibición y la producción editorial.
Verdadero: Existe un elevado número de novedades publicadas y una escasa cantidad de librerías por lo cual su comercialización resulta compleja, aunado a esto el precio de venta y el asunto del libro de texto.

Mito # 3. Los mexicanos leemos medio libro per cápita al año.
Falso: En México se venden aproximadamente 150 millones de libros, pero en esta cifra se consideran los libros de texto, por lo que si se restara a la venta de este sector, tendríamos una mejor idea de lo que en realidad se comercializa y el dato de marras descendería dramáticamente.

La industria editorial de nuestro país parece estar en una permanente crisis, ante el alto costo de la materia prima y la inminente extinción del público lector. Es evidente que las razones económicas y políticas que todos padecemos colocan al libro en una delgadísima cuerda floja, al no representar un rubro prioritario para el Estado ni en el seno de las familias. El libro merece una industria editorial mucho más valiente e imaginativa, que se aventure y aleje de los caminos seguros.

Lo que se debe hacer, dicen algunos escritores y editores, es dejar de pensar que el libro se constituyó de una vez y para siempre como un conjunto de páginas protegido por una tapas o forros, porque no siempre ha sido así el libro y por lo tanto podría cambiar de forma también ahora.

Si se acepta lo anterior, se puede concebir al libro como un producto electrónico, que sería de fácil reproducción, como lo son ahora el CD o el DVD, que una vez obtenida la matriz se puede ir copiando, según la demanda, sin que ello afecte mayormente el costo, el cual sería muy bajo.

Aunque esto también tendría algunas complicaciones ya que desataría una ola de piratería como suele ocurrir con los métodos de copiado fácil, y se tendría que invertir en un dispositivo lector como un PSP, un iPod o una tablet para poder disfrutar del libro novedoso o tradicional.

El libro objeto continúa siendo el principal soporte de la cultura: no requiere de mayores complicaciones para su consulta o transportación, no exige enchufes ni aparatos ni corrientes alternas o directas para funcionar. Aunque ya existen algunos libros en versión digital, en formato PDF, que se distribuyen por Internet, el futuro del libro está aún por definirse en los próximos años.

La lectura como un alcance de vida

 *Texto publicado en la columna "Bitácora del kamikase" del Suplemento Cultural Expresso del diario El Correo de Guanajuato, Gto., el 3 de Noviembre de 2007.

El subdesarrollo intelectual nacional parece ser permanente debido al escaso gusto de los ciudadanos por la lectura. Hace falta avidez por devorar letras y páginas.

La lectura lo primero que nos enseña es a estar solos. Y quizá éste sea uno de los principales obstáculos a sortear. Las personas somos gregarios por naturaleza. Nos gusta la chorcha, la tertulia. Somos comunicativos y siempre deseamos platicar con alguien. Si tan sólo entendiéramos que un libro puede llegar a ser una excelente compañía.

En tanto prosigue la abyección de un público cautivo, desembocamos hacia la conclusión de que es preciso crear un puente entre el libro y los lectores, estimular el consumo de materiales dignos de ser leídos, eludiendo la atracción que ejercen los medios audiovisuales que propagan el gusto por la nada.

Estamos forzados a admitir que leemos medio libro al año (dato que desciende por su propio peso). Otro dato revelador es que dedicamos 4 horas al día promedio a ver la televisión y sólo media hora la aprovechamos en la lectura, por lo que es necesario apoyar, promover, consumir e inculcar la buena lectura, estableciendo los caminos más adecuados para conseguir dicho propósito.

Pero ¿qué nos proporciona la actividad de leer? Simple y sencillamente descubre la integridad de nuestra percepción, las inagotables posibilidades de sentir del ser humano. A través de la lectura formulamos las más trascendentes preguntas sobre el sentido de nuestras fronteras de realidad.

El acercamiento a la lectura sólo por causa del deber escolar desemboca en las generaciones fechadas de profesionistas, y la relación dominante con la lectura en México es el analfabetismo funcional. Esto es, de los individuos que sabiendo leer, y que por alguna razón, generalmente la falta de interés, no lo hacen. Estamos en los niveles más bajos de comprensión lectora. Los factores que contribuyen a este rezago son hechos incuestionables que carecer del hábito de la lectura no es privativo de quienes no han tenido acceso a la educación, y que los bajos niveles de lectura se reflejan en todos los aspectos de la vida nacional y abarcan todos los niveles socioeconómicos, incluyendo al magisterio. No se puede esperar una ligera promoción de la lectura de quienes no son lectores.
Ha habido muchas propuestas interesantes y se han puesto en marcha programas de gobierno encaminadas a abatir el analfabetismo funcional y a difundir la lectura, sobretodo entre niños y jóvenes; sin embargo, muchas de estas acciones no han sido eficaces, o han resultado insuficientes, o han muerto con la inercia transexenal.

La lectura es una de las claves para la vida democrática y es indispensable para salir de nuestro estado de debilidad cultural y económico. Es preciso entender que el acceso a la lectura debe ser un derecho irrenunciable, y que ello implica no sólo contar con una población alfabetizada, sino que cada mexicano sea capaz de entender cabalmente lo que lee y a partir de ello reflexionar y reflejar un pensamiento crítico. La cadena comercial editorial necesita un gran articulador; el Estado es quien puede lograr incrementar el número de lectores, no como protector sino como impulsor.


En nuestro país el tema de la lectura no es prioridad para los actores políticos. Sin embargo, no podemos aceptar esa postura, pues un país que no lee puede quedar sólo como espectador del progreso.

martes, 21 de abril de 2015

La Cultura como bien de consumo

 *Texto publicado en la columna "Bitácora del kamikase" del Suplemento Cultural Expresso del diario El Correo de Guanajuato, el 29 de Septiembre de 2007.

En 1995 escribí el ensayo “En defensa de la cultura”, el cual obtuvo el 2° lugar a nivel estado de la Dirección General de Educación Tecnológica representando al CBTis No. 75 de Dolores Hidalgo, en el cual intenté dar cuenta del status en que se encontraba la cultura en ese momento en particular.

Me topé durante mi investigación con un sinnúmero de lamentos y montañas de quejas, por lo que en diversos medios, sobretodo en la prensa escrita, consideraban como crisis de la llamada industria cultural.

Anoté en dicho ensayo: “en medio de las calamidades del presente se ha visto a la cultura como parsimonia, tristemente omitida”. Cabe mencionar que en 1995 el país atravesaba por una de sus peores crisis económicas y esto traía como consecuencia que en diferentes áreas de la vida nacional se tuviera la impresión de que se estaba en crisis y la cultura no era la excepción, ya que al no ser un expediente prioritario en los programas de gobierno, los apoyos a la difusión y a la creación disminuyeron, en el mejor de los casos.

Apuntaba en el artículo: “ya es suficientemente difícil vivir en un país tan aficionado a las crisis económicas, a la antidemocracia, la violencia y la impunidad, acrecentando el desconsuelo, como para vivir también en una crisis cultural”. Eran tiempos atribulados, en muchos sentidos. A doce años de distancia la pregunta obligada ahora sería: ¿ha cambiado la situación de la cultura? ¿tienen mejores condiciones los promotores y los creadores de arte? Desafortunadamente el panorama no es muy alentador, por lo que se percibe en las reflexiones de la gente enterada de los fenómenos culturales.

En la revista Nexos en su edición de septiembre de 2006 concurren varias aproximaciones al tema formulando una simple pregunta: ¿a quién le importa la cultura? Las opiniones diversas sobre el quehacer cultural y sus manifestaciones como el cine, el teatro, la radio, los libros, etc., dejen entrever un acento crítico e inconforme del proceso que se atraviesa. Ponen el énfasis sobre varios ámbitos de la vida nacional, en el papel de la política, la economía y los medios masivos de comunicación y denotan una sensación de que algo anda mal. Fomento y subsidio son palabras frecuentes en dichas reflexiones como si estuvieran hablando de un plan económico o presupuestal.

Muchos de estos conocedores tienen como referencia obligada la Encuesta Nacional de Prácticas y Consumos Culturales que dio a conocer el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en 2004, donde se dan a conocer las cifras sobre la oferta y la demanda de la cultura como bien de consumo. En esta encuesta resalta el papel de los medios masivos de comunicación en detrimento del desarrollo cultural que nos hace caer en contradicciones y ambivalencias.

Obviamente esta encuesta no fue una prueba o examen, que de haber sido así, nuestras calificaciones serían raquíticas e ínfimas, como lo han sido los resultados de la Prueba Enlace aplicada a alumnos de primaria del Sistema Educativo nacional, donde solamente el 25% de los alumnos obtuvieron resultados de buenos a excelentes. De esta forma podemos relacionar que el consumo de bienes culturales depende en gran medida del grado de educación.

Para bajar los efectos de dicha encuesta a nivel estatal, Raúl Muñiz Torres en su columna semanal en el Diario Correo de Guanajuato del 25 de agosto de 2007, realiza un análisis de las cifras obtenidas y destaca el adversario a modo que resulta ser la televisión. “A modo” no porque sea sencillo ganarle terreno, sino porque resulta cómodo culpar al medio de la deserción y abstinencia del capital cultural. La promoción y difusión de la cultura ha tenido cuatro protagonistas con distintos niveles de participación en México: el Estado, los medios de comunicación, las instituciones académicas y grupos aislados de la sociedad civil. Hay que reconocer que de todos ellos el único que logró desarrollar una política cultural persuasiva, pero sobretodo continua, ha sido el Estado. El Estado mexicano del siglo pasado se establece y consolida con el reconocimiento del valor esencial de la educación y el arte.

En el avance de los años hemos visto que ha quedado pendiente la correspondencia de un sistema que potenciara una educación capaz de garantizar a las mayorías el disfrute del arte, la construcción de un país de lectores, de espectadores críticos. La cultura y el arte, en general, tienen ese aspecto de crítica, es un medio en que la sociedad indaga su porqué, su para qué, se representa, integra y reinventa, que presupone ciudadanos con criterio, capaces de diferenciar sus alternativas.

No hay respuesta fácil a la pregunta formulada por Nexos ¿a quién le importa la cultura? Tampoco se esperaban resultados distintos de la encuesta. Sin embargo, representan puntos de apoyo para continuar midiendo el pulso a la cultura.

viernes, 17 de abril de 2015

Historia VS Ficción

*Texto creado para el Taller de Ensayo Literario del Museo de la Restauración de la República de Querétaro, Qro., en Mayo de 2008.


Según una encuesta reciente en Inglaterra, una mayoría de británicos afirma que el detective de ficción Sherlock Holmes creado por Arthur Conan Doyle existió de verdad, y en cambio consideró que el ex primer ministro Winston Churchill fue un personaje ficticio, e igualmente admite que Ricardo I de Inglaterra, conocido como Ricardo corazón de León, nunca fue rey de Inglaterra y que solo existió en la literatura.

Otros personajes históricos que figuran como ficticios según la gente son Cleopatra, Gandhi y el escritor Charles Dickens.

Esto nos demuestra, por lo menos, dos circunstancias:
  1. Que la encuesta fue lo suficientemente tendenciosa para inducir a error, como suelen ser las encuestas que intentan poner a prueba los conocimientos de una muestra de la población.
  2. Que el ideario e imaginario colectivos están trastocados, y no distinguen entre la realidad y la ficción, entre los personajes reales históricos y los que son producto de la imaginación.
En el segundo caso, no se trata solamente de una polémica entre expertos y conocedores, como se debate sobre la identidad de William Shakespeare, donde por una parte afirman que sí existió y que es el auténtico autor de sus obras, y por otra que se trata de un personaje ficticio y que las obras que se le atribuyen fueron en realidad compuestas por un grupo de escritores liderados por Francis Bacon, donde también figuraban Christopher Marlowe y Edward de Vere, el conde de Oxford.

Es sabido que en la literatura muchos escritores se basan o se inspiran en personajes reales para crear los suyos. Casos, hay miles. Drácula de Bram Stocker, El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, solo por citar algunos.

Pero difícilmente un personaje ficticio puede ser considerado como real por una mayoría. Difícil pero no imposible, como lo que sucede con Sherlock. Para que ocurra algo similar, dicho personaje debe cubrir ciertas características, con un cúmulo de virtudes y defectos que culturalmente lo hagan parte de la idiosincrasia de un país o región.

El caso contrario. Cuando un personaje real histórico es considerado resultado de la ficción, probablemente se debe a que en los libros de historia se ha enaltecido demasiado sus virtudes y parezcan inmaculados e intachables que la gente en este caso pensará que es “demasiado bueno para ser verdad”.

Ese lugar existe



*Texto creado para el Taller de Ensayo Literario del Museo de la Restauración de la República de Querétaro, Qro., en Mayo de 2008.


En 1988 la banda de rock irlandesa U2 lanzó al mercado el disco The joshua tree, que contiene temas ya clásicos como With or without you, I Still haven’t found what I’m looking for  (Aún no encuentro lo que busco), y Where the streets have no name (Donde las calles no tienen nombre).

En ese entonces se le calificó a la banda como activista social y rockeros con mensaje.  Se le consideró a Bono y compañía como vates modernos por sus letras sugerentes en medio de tanta banalidad y frivolidad en la década de los ochentas.

Imaginar tan sólo un lugar donde las calles no tienen nombre bien podría ser tema de un libro al estilo de Ítalo Calvino. Pensar que nadie sea capaz de elegir un prócer, un hombre destacado o una leyenda local para darles dignos apelativos a esos pasajes colectivos, sería tanto como pensar que no exista alguien lo suficientemente notable para preservar su memoria.

En la actualidad sería concebido como una irracionalidad vial por la falta de estímulo bautizador. La vacuidad nominal puede deberse a un auténtico olvido. O no. Como señalar elegantemente con letras blancas sobre fondo verde como “calle sin nombre”, invita a pensar que se trata más de un chiste municipal que de un estado de excepción, producto del olvido o la desidia.

¿Cuántas calles en el mundo han sido condenadas a no llevar nombre? La falta de nombre provoca una extraña fascinación para las personas, como sucede con el antiguo pasaje de Levenshulme, en Manchester, Inglaterra. Es un lugar que existe desde hace más de 160 años pero nunca ha sido nombrada oficialmente. Es una calle muy conocida en aquél país y en el mundo, además de ser uno de los lugares más visitados de aquella ciudad.
Esa misma fascinación aplicaría para otros elementos sin denominación. “El libro sin nombre”, “el vino sin nombre”, “el álbum sin nombre”, “la ciudad sin nombre”, “la película sin nombre” serían destacados quizá como reconocimiento a ese estado tan particular.

viernes, 10 de abril de 2015

Difusión del Arte ¿en qué punto está?

 *Texto publicado en Mayo de 2008 en la sección cultural del semanario El Regional de San Luis de la Paz, Guanajuato.

¿Cuál es la importancia del arte en la sociedad? El arte contiene esencialmente valores democráticos: la tolerancia, la libertad, el respeto a la diversidad, el diálogo entre culturas diferentes, etc. El arte es una expresión de la sociedad, la manifestación extrema de la sensibilidad humana. Es el espejo de la sociedad y el pueblo sin arte es ciego.

Con todo esto, la existencia del arte ¿debe ser subsidiada por el Estado? Dice Ernst Fischer en su libro La necesidad del arte que para cada sociedad las artes cobran una función específica. La creación artística en nuestra sociedad no puede existir sin subsidio. Generalmente se piensa que destinar recursos al arte es subsidiar a los artistas.

Si observamos bien el fenómeno, los artistas son los que han subsidiado esta actividad. Como dice el maestro César Cano, poeta queretano, refiriéndose al apoyo que recibe de las autoridades culturales: “tengo una beca que me ha durado mucho tiempo: la beca César Cano”, ya que sufraga su actividad creadora con la de docente. Cuántos creadores y ejecutantes están en esta misma situación, creando y preparándose al margen de los apoyos institucionales.

El subsidio al arte redunda en otorgar a la ciudadanía un derecho legítimo de acceder al arte. De la cultura a la comunicación, del pueblo al público, del ciudadano al consumidor, el saldo que arroja hoy el campo de las fuerzas asimétricas del mundo global, es el de enfrentamiento entre una noción de cultura como “servicio” y otra entendida como “bien público común”.

El documento Análisis Crítico de la Cultura en Guanajuato explica que la estructura cultural de la entidad que incluye museos, teatros, librerías, centros culturales, se concentra en los municipios de mayor potencial económico, como lo son los que conforman el corredor industrial, lo que nos revela la necesidad de difundir las actividades en otras áreas.

La Encuesta Nacional de Prácticas y Consumos Culturales del CONACULTA arroja algunas cifras interesantes para nuestro estado, en la que destaca que a 7 de cada 10 guanajuatenses no les interesa nada el mundo de la cultura y las artes, y casi la misma cifra se abstiene de participar en actividades artísticas y culturales.

Esto no debe extrañarnos. Solo miremos a nuestro alrededor y examinemos nuestro municipio.

Tu ciudad cuenta con:
__ Un museo
__ Un teatro
__ Una librería
__ Una sala de cine
__ Una sala de proyección de cine en DVD
__ Una biblioteca
__ Una galería de arte
__ Un club cultural
__ Talleres de lectura o de creación literaria

En cuanto a los creadores y ejecutantes de tu localidad, conoces a:
__ Un pintor o escultor que haya expuesto su obra.
__ Una compañía de teatro que haya hecho temporada.
__ Un cineasta que haya programado un ciclo de cine.
__ Un promotor de lectura o cuentacuentos que haya hecho un programa de promoción.
__ Un escritor que haya publicado un libro.
__ Un músico que haya producido un disco.

Sin el apoyo de las instituciones encargadas de la cultura difícilmente la producción y difusión artística puede darse en la medida que la población lo requiere, aún con el gran potencial artístico que tiene nuestro municipio, pero que no se fomenta ni se desarrolla.

Desde nuestra función de ciudadanos tenemos que exigir que las instituciones dedicadas a la cultura cuenten con el presupuesto suficiente para funcionar y que los recursos se destinen a planes y programas esenciales, para que los artistas sean reconocidos en su labor y los ciudadanos ejerzan su derecho a la educación y a la cultura a través del arte.