jueves, 21 de abril de 2016

El Quijote clásico, ¿lector contemporáneo?

Clásico es un libro que la mayoría coincide en señalar que es importante, quizás imprescindible, pero del que no se sabe a ciencia cierta por qué. No es que falten las razones, más bien sobran. Las lecturas que se han hecho del Quijote sugieren la plasticidad que tiene un texto clásico para adaptarse a cosmovisiones muy diversas, incluso a veces para sobrevivir a ellas.


Toda edición del Quijote debería venir con una advertencia que indicara ya desde la portada lo que ocurrirá cuando abramos el libro y respiremos el perfume que se desprende de sus páginas. Algo como una calavera sobre un par de tibias, o la figura de ese hombre fulminado por un relámpago.

La primera línea del libro es única, novedosa y paradójicamente inolvidable, ya que solamente exige el consuelo del olvido. “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” no es otra cosa que una forma sublimada de la memoria. Un arranque que persigue el olvido.

Nadie puede explicar lo inexplicable, sin duda. Y es esta imposibilidad de limitarlos y de encasillarlos la principal característica de los verdaderos clásicos. Las grandes obras, aunque parezcan dóciles, siempre se niegan a ser manipuladas y no resulta fácil adaptarlas a otras costumbres y territorios. Así, lo verdaderamente universal es aquello que nos da a conocer un nuevo mundo para apreciarlo como corresponde.

El caso del Quijote es muy extraño al provocar comportamientos tan extremos como los de su protagonista en muchos de los que se acercan y se acercaron y, seguro, se acercarán a sus páginas.

El Quijote es una suerte de Big Bang en reversa: una implosión de múltiples lecturas antiguas que confluyen en el punto de energía pura de un solo libro nuevo que, otra vez, explota. Para el Quijote, las venerables novelas de caballería funcionan como puertas a otras dimensiones.

Don Quijote es aleccionador, es sinónimo de caerse una y otra vez del caballo de la fantasía para ir a dar al durísimo suelo del verdadero ridículo. Don Quijote es como uno de esos comerciales contra la droga o contra conducir a alta velocidad donde se pregunta a los padres si saben dónde y con quién están sus hijos en esta noche larga y oscura. Don Quijote es aquello que te puede llegar a ocurrir si te pasas de la raya y del semáforo.

Todo tiene algo que ver con la novela de Cervantes. He ahí el mérito y el poderío de los grandes libros: el de relacionarse sin problemas con la realidad a partir de una ficción particular, estar en todas partes, entrometerse con éxito más allá de sutilezas de traducción.

El estilo de Don Quijote es decididamente anti-heroico y precursor a la hora de la victoria perdedora. Pensar en el Quijote como en una épica del fracaso, pero épica al fin. En la triste figura de un caballero como apología de la derrota pero, también, como burla y alternativa a lo que ya comienza a ser la cultura del éxito, incluso a principios del siglo XVII. Pensar en el Quijote como un libro triste pero gracioso y como en una novela profunda pero entretenida.

Cervantes creó el estandarte de un perdedor que se niega a distinguir entre los libros y la vida y que quiere encontrar el mito fuera de los libros. Arrojó el tablero y cambió las reglas del juego para siempre proponiendo un nuevo plano de lectura. Un flamante sistema literario.

Don Quijote nace de una biblioteca y el Quijote es un libro hecho de libros. Y cada quien tiene su capítulo favorito del Quijote, como todos vuelven una y otra vez a un salmo o a un hexagrama.

Suele ocurrir que al intentar una primera lectura de la novela rebotemos sin gracia alguna contra las aspas de la primera página y caer de nuestra cabalgadura. Los grandes libros nos rechazan hasta que nos sientan dignos de ellos.

Al leer al Quijote, leemos al mismo tiempo todo lo que el Quijote leyó y el efecto que esas lecturas causaron en él. Y leemos también el modo en que estas lecturas produjeron en Cervantes la necesidad de releerlas al reescribirlas.

El Quijote es una novela donde se queman novelas. Es la hoguera misma donde arden las viejas tradiciones y es la resulta de un nuevo orden. Es el meteoro que viene de un espacio más interior que exterior pero que termina incrustándose en la superficie del planeta, en un lugar de la Mancha del que ya no me acuerdo.

La lectura es un acto creativo. Al leer al Quijote cada quien encuentra lo que busca, y cada uno consigue un punto de partida para crear su propia obra.

1 comentario:

  1. Me gusta tu definición que va más allá de solo leer un libro. Lo leí en la secundaria de forma forzada y eso tal vez me hizo no saborearlo, tendré que darle otra leída. Felicidades.

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