Clásico
es un libro que la mayoría coincide en señalar que es importante, quizás
imprescindible, pero del que no se sabe a ciencia cierta por qué. No es que
falten las razones, más bien sobran. Las lecturas que se han hecho del Quijote
sugieren la plasticidad que tiene un texto clásico para adaptarse a
cosmovisiones muy diversas, incluso a veces para sobrevivir a ellas.
Toda
edición del Quijote debería venir con una advertencia que indicara ya desde la
portada lo que ocurrirá cuando abramos el libro y respiremos el perfume que se
desprende de sus páginas. Algo como una calavera sobre un par de tibias, o la
figura de ese hombre fulminado por un relámpago.
La
primera línea del libro es única, novedosa y paradójicamente inolvidable, ya
que solamente exige el consuelo del olvido. “En un lugar de la Mancha de cuyo
nombre no quiero acordarme…” no es otra cosa que una forma sublimada de la
memoria. Un arranque que persigue el olvido.
Nadie
puede explicar lo inexplicable, sin duda. Y es esta imposibilidad de limitarlos
y de encasillarlos la principal característica de los verdaderos clásicos. Las
grandes obras, aunque parezcan dóciles, siempre se niegan a ser manipuladas y
no resulta fácil adaptarlas a otras costumbres y territorios. Así, lo
verdaderamente universal es aquello que nos da a conocer un nuevo mundo para
apreciarlo como corresponde.
El
caso del Quijote es muy extraño al provocar comportamientos tan extremos como
los de su protagonista en muchos de los que se acercan y se acercaron y,
seguro, se acercarán a sus páginas.
El
Quijote es una suerte de Big Bang en reversa: una implosión de múltiples
lecturas antiguas que confluyen en el punto de energía pura de un solo libro
nuevo que, otra vez, explota. Para el Quijote, las venerables novelas de
caballería funcionan como puertas a otras dimensiones.
Don
Quijote es aleccionador, es sinónimo de caerse una y otra vez del caballo de la
fantasía para ir a dar al durísimo suelo del verdadero ridículo. Don Quijote es
como uno de esos comerciales contra la droga o contra conducir a alta velocidad
donde se pregunta a los padres si saben dónde y con quién están sus hijos en
esta noche larga y oscura. Don Quijote es aquello que te puede llegar a ocurrir
si te pasas de la raya y del semáforo.
Todo
tiene algo que ver con la novela de Cervantes. He ahí el mérito y el poderío de
los grandes libros: el de relacionarse sin problemas con la realidad a partir
de una ficción particular, estar en todas partes, entrometerse con éxito más
allá de sutilezas de traducción.
El
estilo de Don Quijote es decididamente anti-heroico y precursor a la hora de la
victoria perdedora. Pensar en el Quijote como en una épica del fracaso, pero
épica al fin. En la triste figura de un caballero como apología de la derrota
pero, también, como burla y alternativa a lo que ya comienza a ser la cultura
del éxito, incluso a principios del siglo XVII. Pensar en el Quijote como un
libro triste pero gracioso y como en una novela profunda pero entretenida.
Cervantes
creó el estandarte de un perdedor que se niega a distinguir entre los libros y
la vida y que quiere encontrar el mito fuera de los libros. Arrojó el tablero y
cambió las reglas del juego para siempre proponiendo un nuevo plano de lectura.
Un flamante sistema literario.
Don
Quijote nace de una biblioteca y el Quijote es un libro hecho de libros. Y cada
quien tiene su capítulo favorito del Quijote, como todos vuelven una y otra vez
a un salmo o a un hexagrama.
Suele
ocurrir que al intentar una primera lectura de la novela rebotemos sin gracia
alguna contra las aspas de la primera página y caer de nuestra cabalgadura. Los
grandes libros nos rechazan hasta que nos sientan dignos de ellos.
Al
leer al Quijote, leemos al mismo tiempo todo lo que el Quijote leyó y el efecto
que esas lecturas causaron en él. Y leemos también el modo en que estas
lecturas produjeron en Cervantes la necesidad de releerlas al reescribirlas.
El
Quijote es una novela donde se queman novelas. Es la hoguera misma donde arden
las viejas tradiciones y es la resulta de un nuevo orden. Es el meteoro que
viene de un espacio más interior que exterior pero que termina incrustándose en
la superficie del planeta, en un lugar de la Mancha del que ya no me acuerdo.
La
lectura es un acto creativo. Al leer al Quijote cada quien encuentra lo que
busca, y cada uno consigue un punto de partida para crear su propia obra.


Me gusta tu definición que va más allá de solo leer un libro. Lo leí en la secundaria de forma forzada y eso tal vez me hizo no saborearlo, tendré que darle otra leída. Felicidades.
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