martes, 19 de mayo de 2015

La música como elogio a la medianía

 *Texto publicado en la columna "Bitácora del kamikase" del Suplemento Cultural Expresso del Diario El Correo de Guanajuato, el 31 de mayo de 2008.

La música siempre ha ido de la mano del hombre. Siempre lo ha acompañado en sus momentos tristes y también en los alegres. La respuesta más común de las personas cuando se les pregunta ¿qué haces en tu tiempo libre? es “escucho música”.

La música es una terapia que se necesita. Cuando alguien aguarda, la espera es menos cansada con música. Es imposible dejar de escuchar música en el mundo actual. Nos rodea, nos sitia, nos asalta, nos irrita, nos calma.

La música la encontramos en todas partes: el camión, el auto, la calle, las tiendas, las oficinas, los supermercados, las casas. No hay ni un solo lugar donde no se escuche música. Esto puede ser una fortuna y una desgracia terrible. Es una fortuna porque gracias a la abundancia de música grabada que está disponible en tiendas y en Internet, podemos escuchar y conocer música que en otro tiempo sería simplemente inaccesible. Y puede resultar una desgracia porque mucha música que escuchamos es simplemente insoportable. La cantidad no necesariamente nos sugiere calidad.

Puede tratarse simplemente de un conflicto de género musical. Sin embargo, considero que se ha dejado de educar musicalmente a la juventud, tarea que ha asumido por completo las estaciones de radio que no ejercen crítica sobre lo que programan y no dan cabida al discernimiento entre lo bueno y la bazofia, y ésta es la que abunda, y cualquiera nos puede agredir con ella durante horas con solo encender el aparato.

¿Se puede ser tan prejuicioso en este sentido? ¿Habrá realmente una música que valga la pena? Durante mi adolescencia fui alimentado de rock y pop (buen pop, se entiende), cuando estos géneros dominaban las listas de popularidad. Posteriormente fui descubriendo otros géneros igual de trascendentes: el lounge, el jazz, el tecno, el bossa nova, la música clásica. La mayoría de estos géneros se encuentran actualmente en un letargo si no creativo, sí de difusión. Los prejuicios aparecen con los géneros que ocupan hoy un lugar preponderante en la preferencia de las mayorías: el reggaeton y la música grupera en todas su variantes. Y es un prejuicio a grado tal que he llegado a pensar que todo lo que suene a estos ritmos es simplemente deleznable, un paso atrás en el desarrollo musical: no hemos evolucionado miles de años para que solo lleguemos a esto.

Anteriormente se creaba música desde la periferia, desde el rechazo, con un espíritu crítico, intenso, desde la lateralidad que radicaliza la diferencia, y en su persistencia se convierte en propuesta por su anti-complacencia.

Los cantantes ahora —jóvenes necesitados de fama— lo que buscan es ser aceptados. No desean ser mal vistos. Lo realmente sobresaliente aparece en individuos rechazados y su propuesta, por consiguiente, enriquece a la cultura por su disimilitud. Hoy se crea para agraciar al mercado, revistas, ratings, fans.

El acabóse lo encontramos en los reality-shows: seudo-artistas que le lloran a seudo-jueces, que les agradecen sus burlas, que le ruegan a la cámara y a un telepúblico votante. Todo en pos de ser aceptados. Nada novedoso ni valioso puede salir de ahí. No están buscando ser distintos.

Todos los creadores producen, conscientemente o no, para ser aceptados. Sin embargo, es lo peor que les puede pasar, porque ya no hay necesidad de seguir produciendo. Se mueren de aplausos.
Todo esto deviene en mediocridad. Son cantos que hacen apología a la medianía. Todo lo que anhela ser aceptado es inexpresivo, es vil. Vivimos, en pocas palabras, la rampante banalización de la música en todas sus formas.

El rock ha dejado de ser lo que antes era. De subversivo, de trasgresor de conciencias, de símbolo de libertad, ya no ha quedado ni pizca. Y esto es a nivel mundial. En México aún sufrimos las secuelas de la represión que hubo por parte del Estado en los 70’s en contra de las manifestaciones que se estaban gestando en torno al rock. En consecuencia, nuestros padres fueron invadidos, saturados por baladistas insufribles.

El pop se ha convertido en un producto ultra-light, complaciente con los mass-media. No hay innovación y por ello se sigue reciclando la música de décadas anteriores. Parece como si estuviéramos viviendo en los 80’s, por el resurgimiento de artistas y de la música de esa década, una década de gran producción musical, que sirvió como cortina de humo y paliativo ante los grandes problemas sociales que se vivían en esa época. Fregados pero entretenidos.

Hoy en día, sólo en las estaciones de radio públicas y en contadas de las llamadas "comerciales" se pueden encontrar apuestas y propuestas musicales, alternativas, verdaderos oasis en medio de tanta banalidad, donde con libertad se ejerce el análisis basados en la historia musical contemporánea. Dentro de las estaciones "comerciales" se pueden mencionar a la cadena RMX y a Éxtasis Digital como ejemplos. Lo mismo pasa con los canales de televisión especializados en videos, y lo más destacable se puede encontrar en la televisión pública, específicamente en Canal Once del Politécnico y TV4 de Guanajuato.
 
Hay buena música en todas partes. Lo que se debe enseñar a los niños y jóvenes es a encontrarla, a discernir, a explorar en otros ritmos y no conformarse con lo que programan las estaciones y lo canales de videos. Hay que fomentar la difusión de música aventurada, ya que considero que la música tiene un impacto social y por ende estaríamos evitando el estancamiento de la sociedad que padecemos.

La música posee un valor cultural inconmensurable, por lo que no puede considerarse solamente entretenimiento, sino que representa un valor que nos identifica, y crea en nosotros conciencia, sentido de pertenencia y singularidad, lo cual se puede lograr a través de una sensibilidad que se oponga a la hegemonía, por medio de una distinta alegría o un dolor peculiar. Simplemente persistir en lo distinto y en lo valioso.