Como la
vida, la muerte, desde el punto de vista biológico, también será definida de
una forma arbitraria, partiendo de la base de que los seres vivos poseen
ciertas propiedades. Estas propiedades son su capacidad para crecer,
alimentarse, reproducirse, renovarse, moverse, responder estímulos y cambiar.
Estas capacidades no son infinitas. Están limitadas por el desgaste que el
tiempo va produciendo en las células, en los tejidos y en los órganos.
Las fuerzas
vitales disminuyen poco a poco, y con ellas, la actividad del organismo y sus
defensas contra la infección y la enfermedad. La vida declina lentamente. Aun
en el caso de que no intervenga ninguna causa circunstancial, ningún accidente
o enfermedad, ésta, tienen un fin inevitable: la muerte.
La muerte se
caracteriza por el cese de las correlaciones funcionales que aseguran el
mantenimiento de las constantes químicas del medio interno. En el hombre, este
momento no es fácilmente determinable, pues la detención de un latido cardíaco
o de la respiración, considerados antes como signos característicos de la
muerte, no lo son hoy, cuando los avances de la técnica médica, permiten, en
ocasiones, devolver a la vida a un organismo cuya actividad cardíaca o
respiratoria ha cesado.
No hay mucho
que hacerse respecto a la posible duración de la vida humana; pero, en cambio,
sí puede hacerse mucho, y ya se ha hecho, a la duración efectiva de ella.
Puesto que la posible duración de la vida no ha variado, estos cambios
significan que las condiciones de vida han mejorado.
El problema
de la muerte es el más inexorable con el cual se encuentra el hombre. Los
progresos de la medicina actual y los espejismos de la estadística hacen pensar
al que vive en la sociedad de bienestar que la vida puede prolongarse
indefinidamente, puesto que se ha prolongado la edad media de los seres
humanos.
El hombre
moderno se empeña en olvidar que en la naturaleza existe una regulación por la
cual se impide que se presente los problema de sobrepoblación. Freud se
preguntó alguna vez si no existía un instinto de la muerte como existe la
libido o instinto para el amor, y su respuesta fue que hay un principio
universal que determina que lo orgánico está condenado a convertirse en inorgánico,
es decir, la vida en muerte. La vida del hombre, pues, está sometida a dos
grandes principios: el del desarrollo de su propia historia personal y el
principio de repetición o del eterno retorno.
Lo más
importante, desde el punto de vista humano, es distinguir entre el conocimiento
que se tenga de la muerte y la experiencia o el presentimiento de ella. En el
hombre existe una ambigüedad radical: por una parte, se halla su deseo de
conocer los hechos y, por otra, la negación de los mismos, como se ve en la
negación de la muerte posible.
El hecho
cierto es que no puede encontrarse el hombre como ser natural, como ser social,
inclusive es un problema teológico, en el cual la conciencia de la muerte debe
estar inmanente siempre durante toda la vida, sin ser rechazada.
Nuestro
crecimiento es comenzar a morir y la vida está desplegada siempre en torno a
ese momento.

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