miércoles, 20 de abril de 2016

Energía vital en equilibrio: La vida, el tiempo y la muerte 4ª parte

Como la vida, la muerte, desde el punto de vista biológico, también será definida de una forma arbitraria, partiendo de la base de que los seres vivos poseen ciertas propiedades. Estas propiedades son su capacidad para crecer, alimentarse, reproducirse, renovarse, moverse, responder estímulos y cambiar. Estas capacidades no son infinitas. Están limitadas por el desgaste que el tiempo va produciendo en las células, en los tejidos y en los órganos.
Las fuerzas vitales disminuyen poco a poco, y con ellas, la actividad del organismo y sus defensas contra la infección y la enfermedad. La vida declina lentamente. Aun en el caso de que no intervenga ninguna causa circunstancial, ningún accidente o enfermedad, ésta, tienen un fin inevitable: la muerte.

La muerte se caracteriza por el cese de las correlaciones funcionales que aseguran el mantenimiento de las constantes químicas del medio interno. En el hombre, este momento no es fácilmente determinable, pues la detención de un latido cardíaco o de la respiración, considerados antes como signos característicos de la muerte, no lo son hoy, cuando los avances de la técnica médica, permiten, en ocasiones, devolver a la vida a un organismo cuya actividad cardíaca o respiratoria ha cesado.

No hay mucho que hacerse respecto a la posible duración de la vida humana; pero, en cambio, sí puede hacerse mucho, y ya se ha hecho, a la duración efectiva de ella. Puesto que la posible duración de la vida no ha variado, estos cambios significan que las condiciones de vida han mejorado.

El problema de la muerte es el más inexorable con el cual se encuentra el hombre. Los progresos de la medicina actual y los espejismos de la estadística hacen pensar al que vive en la sociedad de bienestar que la vida puede prolongarse indefinidamente, puesto que se ha prolongado la edad media de los seres humanos.

El hombre moderno se empeña en olvidar que en la naturaleza existe una regulación por la cual se impide que se presente los problema de sobrepoblación. Freud se preguntó alguna vez si no existía un instinto de la muerte como existe la libido o instinto para el amor, y su respuesta fue que hay un principio universal que determina que lo orgánico está condenado a convertirse en inorgánico, es decir, la vida en muerte. La vida del hombre, pues, está sometida a dos grandes principios: el del desarrollo de su propia historia personal y el principio de repetición o del eterno retorno.

Lo más importante, desde el punto de vista humano, es distinguir entre el conocimiento que se tenga de la muerte y la experiencia o el presentimiento de ella. En el hombre existe una ambigüedad radical: por una parte, se halla su deseo de conocer los hechos y, por otra, la negación de los mismos, como se ve en la negación de la muerte posible.

El hecho cierto es que no puede encontrarse el hombre como ser natural, como ser social, inclusive es un problema teológico, en el cual la conciencia de la muerte debe estar inmanente siempre durante toda la vida, sin ser rechazada.

Nuestro crecimiento es comenzar a morir y la vida está desplegada siempre en torno a ese momento.

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