El subdesarrollo
intelectual nacional parece ser permanente debido al escaso gusto de los
ciudadanos por la lectura. Hace falta avidez por devorar letras y páginas.
La lectura lo primero que nos enseña es a estar
solos. Y quizá éste sea uno de los principales obstáculos a sortear. Las
personas somos gregarios por naturaleza. Nos gusta la chorcha, la tertulia.
Somos comunicativos y siempre deseamos platicar con alguien. Si tan sólo
entendiéramos que un libro puede llegar a ser una excelente compañía.
En tanto prosigue la abyección de un público
cautivo, desembocamos hacia la conclusión de que es preciso crear un puente
entre el libro y los lectores, estimular el consumo de materiales dignos de ser
leídos, eludiendo la atracción que ejercen los medios audiovisuales que
propagan el gusto por la nada.
Estamos forzados a admitir que leemos medio libro
al año (dato que desciende por su propio peso). Otro dato revelador es que
dedicamos 4 horas al día promedio a ver la televisión y sólo media hora la
aprovechamos en la lectura, por lo que es necesario apoyar, promover, consumir
e inculcar la buena lectura, estableciendo los caminos más adecuados para
conseguir dicho propósito.
Pero ¿qué nos proporciona la actividad de leer?
Simple y sencillamente descubre la integridad de nuestra percepción, las
inagotables posibilidades de sentir del ser humano. A través de la lectura
formulamos las más trascendentes preguntas sobre el sentido de nuestras
fronteras de realidad.
El acercamiento a la lectura sólo por causa del
deber escolar desemboca en las generaciones fechadas de profesionistas, y la
relación dominante con la lectura en México es el analfabetismo funcional. Esto
es, de los individuos que sabiendo leer, y que por alguna razón, generalmente
la falta de interés, no lo hacen. Estamos en los niveles más bajos de
comprensión lectora. Los factores que contribuyen a este rezago son hechos
incuestionables que carecer del hábito de la lectura no es privativo de quienes
no han tenido acceso a la educación, y que los bajos niveles de lectura se
reflejan en todos los aspectos de la vida nacional y abarcan todos los niveles
socioeconómicos, incluyendo al magisterio. No se puede esperar una ligera
promoción de la lectura de quienes no son lectores.
Ha habido muchas propuestas interesantes y se han
puesto en marcha programas de gobierno encaminadas a abatir el analfabetismo
funcional y a difundir la lectura, sobretodo entre niños y jóvenes; sin
embargo, muchas de estas acciones no han sido eficaces, o han resultado
insuficientes, o han muerto con la inercia transexenal.
La lectura es una de las claves para la vida
democrática y es indispensable para salir de nuestro estado de debilidad
cultural y económico. Es preciso entender que el acceso a la lectura debe ser
un derecho irrenunciable, y que ello implica no sólo contar con una población
alfabetizada, sino que cada mexicano sea capaz de entender cabalmente lo que
lee y a partir de ello reflexionar y reflejar un pensamiento crítico. La cadena
comercial editorial necesita un gran articulador; el Estado es quien puede
lograr incrementar el número de lectores, no como protector sino como impulsor.
En nuestro país el tema de la lectura no es
prioridad para los actores políticos. Sin embargo, no podemos aceptar esa
postura, pues un país que no lee puede quedar sólo como espectador del
progreso.


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